10 agosto, 2010

Alice

Allí estaba ella, desnuda, acostada en la cama aparentando dormir. El sol de la tarde que entraba por la ventana de la habitación dibujaba su cuerpo y acentuaba la suavidad de su piel morena, las curvas de su cadera, sus pechos pequeños pero sencillos, su larga melena negra, sus ojos oscuros. La brisa marina que venía desde la playa movía las cortinas en la ventana acompasadas con el ruido de las olas del atlántico. Me acerqué un poco más y ella se movió ligeramente descubriendo sus piernas. Sentí enormes deseos de hacerle el amor. Me tumbé desnudo junto a ella y la acaricié sus pechos, ella metió su mano entre mis piernas y se giró dándome la espalda. Sudados, cansados de placer, todavía sin mirarnos, sin hablarnos, fijando los ojos en las sombras del techo imaginé que no la quería. Un pensamiento entre el placer del amor y el placer del sexo aclaró mis dudas. Salí a darme un baño en la playa, ella también. Mi tren salía en dos horas hacia Europa, no me importó en absoluto ver como el Tiempo seguía su curso mientras nuestro tiempo se ralentizaba a cada beso. No regresaré a ninguna parte.

2 comentarios:

Terapia de piso dijo...

A veces uno no quiere regresar. A ninguna parte. A ningún tiempo.

Saludos Pirata.

José Roberto Coppola

Alexander* dijo...

Asumo que eso es una consecuencia del amor no?. Este te hace confundir el día con la noche, simplemente te descoloca y te invierte los tiempos. Hay una recompensa: ES LO MÁXIMO.