31 julio, 2010

Adela


El aliento de Adela era fétido; su carácter endemoniado; el cuerpo deforme; el rostro varonil; los senos tenían una gravedad indómita; las nalgas grasa por doquier; pero lo más dañino para el amor a simple vista era aquel mirar ambiguo por culpa de su bizquera. Sin embargo, cuando se desnudaba todos sus defectos quedaban derrotados por un pubis extraordinario. Me hubiera gustado tanto poder acercar mi lengua y lamer las intimidades que ocultaba! Habría sido de gran gozo para mí acariciarlo y sentir el humedal de todos los recónditos lugares que tras él se adivinaban. Sin embargo no podía apartar mis ojos de ese pubis. Debía satisfacerme yo sólo mientras lo contemplaba, rechazando incluso la hospitalidad de su boca, por no perderlo de vista.

1 comentario:

La chica de las cien mil caras dijo...

Oh Adela, Adela, comérselo todo a Adela