29 mayo, 2010

la droga de la vida

A la media hora de meterme aquella pastilla en la boca y saborear su amargo y pastoso sabor comencé a notar su efecto, cada caricia de su mano era un huracán de fuego que derretía mi piel a su paso, sus pechos, con unas cuantas gotas de sudor de ambiguo sabor, entre dulce y amargo, eran como volcanes a punto de estallar, y nuestros labios bailaban al unísono bajo la sábana de lino, todo a un ritmo totalmente acompasado en el que cada movimiento causaba un placer inmortal.

1 comentario:

Luis Chacón dijo...

qué bonito es descubir cómo liberar aquellas sustancias que nuestro cerebro guarda para sorprendernos, hacernos reír sin motivo y pensar, por cualquier tontería, cómo mola estar vivo, coño!

un saludo =)