25 abril, 2009

en el silencio cómplice de la sala

Se amaron frenéticamente durante toda la noche, como si de la última se tratase, en el silencio cómplice de las salas vacías. Al amanecer, cuando los rayos de sol comenzaban a entrar entre las vidrieras de colores ella ordenó los almohadones de seda y encajes, se recogió el pelo y entró en el cuadro. Cruzó los brazos de la forma habitual, ladeó sus piernas como solo ella conocía y trajo a su rostro la célebre sonrisa satisfecha. En el suelo de mármol, el cuerpo iluminado del conserje comenzaba a despertase.

1 comentario:

belita dijo...

Breve pero bonita historia, me quedo con ganas de más.